Me llamo Fernando Soto. Llevo más de veinticinco años escuchando cómo explican su trabajo personas que lo hacen bien y lo cuentan mal. Ese hueco entre lo que alguien vale y lo que consigue transmitir es donde trabajo.
No enseño a hablar bonito. Enseño a montar mensajes que aguanten preguntas: qué va primero, qué se puede demostrar, qué sobra y con qué se cierra. Lo he hecho con fundadores delante de inversores, con directivos delante de sus comités y con equipos que llevaban años repitiendo el mismo argumento sin revisarlo.
He formado a más de mil profesionales en 107 países y he trabajado en entornos donde una mala explicación cuesta dinero de verdad: en uno de ellos, el fraude bajó al 0,29% frente a un benchmark del 3%. No por hablar más claro. Por decidir mejor qué decir.
Tener razón no basta. Hay que dejar claro que la tienes, en el tiempo que la otra persona te concede.